Amor Exigente Uruguay

Espiritualidad Abril 2019

“Padres e hijos ejercen diferentes papeles en el mundo, por lo tanto, sus derechos y deberes no son iguales”

 

Nos guste o no, los primeros modelos de ser humano, de que disponemos, son nuestros padres.

Y es con ellos, que aprendemos a vivir en el mundo.

Los padres creen que las dificultades con los hijos son inherentes al papel que desempeñan, y esperan que en el futuro el equilibrio sea la marca más fuerte de las relaciones. Si las dificultades no se trabajan, no se superan.

Los padres no son lo que, inicialmente, pueden parecer a los ojos de los hijos. Cuando pequeños, los sentimientos más fuertes que tenemos por nuestros padres son los de admiración y amor, sentimos como si nuestros padres no sólo son lo mejor que existe en el mundo sino también son los únicos, los poderosos. A medida que crecemos, ampliamos nuestro círculo de amistades e incluimos otras personas en esa categoría: los profesores, los amigos, los padres de nuestros amigos, etc.

La relación entre padre e hijo sintetiza, muchas veces, un modelo de cómo serán las relaciones futuras; varios modelos se desarrollarán, reforzados, alterados y transformados con base en esa relación.

Muchas de las dificultades y barreras que cargamos en nuestra  vida son construidas en casa, porque allí serán internalizados nuestros patrones de comportamiento. Percibimos que no vamos simplemente a ocupar un lugar entre las personas, sino que será necesario conquistarlo.

Los hijos pasan por diversas etapas en la relación con los padres, hasta que alcanzan de forma sana y completa la edad adulta. Los padres ayudan a los hijos a darse cuenta cómo hacer, definir, medir su “poder”, su “fuerza”, su “penetración”, su “influencia”, en sus relaciones por medio del perfeccionamiento de sus habilidades.

La relación típica sigue el modelo encontrado en las relaciones entre personas que ocupan posiciones desiguales, como entre el profesor y alumno, jefe y subordinado, dominado y dominador. Es común que los padres hagan como si fuesen entrenadores, exigentes, insistentes, constantemente exprimiendo modelos, que juzgan como adecuados. Ejercitan y entrenan continuamente a sus hijos, llamándoles la atención sobre las dificultades, pero, muchas veces no los preparan para las batallas cotidianas, no refuerzan sus puntos positivos. Los padres son rigurosos cuando los hijos fracasan o cuando no muestran las señales de progreso al ritmo deseados por ellos. No logran dar el mismo énfasis a los puntos positivos. Lo que se quiere resaltar es la necesidad de cambio, pero cuando el cambio ocurre, la reacción que provoca  en los padres, no tiene la misma fuerza que la utilizada para resaltar lo que se debe modificar.

Los hijos no llegan acompañados del “Manual de Instrucciones y Funcionamiento”. Son un juego constante, complejo, lleno de vieses y detalles, con muchas interferencias: No hay una única manera de lidiar con todas las situaciones. Los padres tienen que aprender cuanto están haciendo, y lo que hacen por medio de la observación, del ensayo y error.

Como no siempre todos los aspectos del relacionamiento entre padres e hijos están claros para ambos lados, las dificultades surgen, crecen y se eternizan si no son adecuadamente trabajadas. Los padres no tienen a su disposición una formación educacional y cultural  para el papel que desempeñan.

No pueden frecuentar una escuela de padres como la que frecuentamos hoy: el grupo.

La comprensión de la situación o del momento no es racional, pero si, empática y emocional, lo que muchas veces les dificulta la comprensión. Los padres están siempre siendo aconsejados y demandados, ellos deben actuar de ésta o aquella forma, lo que a veces les saca la espontaneidad de actuar y pensar por cuenta propia, encontrar el propio método, en que la satisfacción, emociones y sentimientos, puedan llevar a la más genuina solución: la nuestra. Precisamos estar atentos y observar como nuestros hijos responden a su proceso interior, a nosotros y al mundo en que viven. Cuando la dificultad es muy grande para  trabajarse con los recursos propios, una ayuda profesional puede ser de gran valía. Sea cual fuere la situación y la edad, los padres deben respetar al hijo en su individualidad.

Los padres precisan dejar que el hijo haga sus primeras tentativas para descubrir  lo nuevo, conocer lo desconocido, afirmarse, definirse y tratar por sí mismo resolver sus dificultades. Esas tentativas deben ser tomadas en consideración, ellas son importantes para el desarrollo y la formación del chico. Precisa  aceptarse para construir una identidad viable y consistente lo que le dará condiciones para luchar en la vida. La aprobación paterna dará motivos para que el hijo incorpore esas conductas a su personalidad en formación. La reprobación constante podrá llevar al hijo a la autodefensa, a retracciones, a reacciones negativas; este comportamiento causará displacer a las personas que conviven con el chico, creando descontento para todos. El equilibrio entre lo que se permite y lo que no,  debe estar siempre presente y claro en las relaciones entre padres e hijos.

El papel de los padres es multiplicador, ellos tienen la responsabilidad de criar y mantener una estructura familiar funcional, en que todos puedan crecer y desarrollarse. Es también responsabilidad de ellos enseñar, orientar a los hijos para que crezcan con capacidad y conocimientos suficientes para cuidar de sí  mismos y en el futuro puedan asumir una vida adulta funcional. Tienen también los padres, la obligación de posibilitar, que los hijos tomen decisiones y hagan en forma responsable; o sea, los padres deben proporcionar las más diversas condiciones para que sus hijos asuman la vida, según sus capacidades, y tengan oportunidad de evolucionar para tornarse adultos responsables y ajustados a la sociedad.

Reivindicar, asumir, reclamar, conquistar son derechos de los hijos, de los jóvenes y tenemos que reconocer eso.  Respeto, confianza, derechos, deberes, límites, amor, obligaciones, se deben conquistar por padres e hijos, cada uno cumpliendo su papel, su función en la sociedad y en la familia. Se precisa dejar en claro en qué momento puede existir la igualdad, en que situaciones la relación de amistad puede estar por encima de cualquier diferencia en la relación entre padres e hijos. Como padres debemos dar ejemplo, ser coherentes en nuestras actitudes y en lo que decimos.

Debemos establecer responsabilidades para cada miembro de la familia, promover la cooperación y la participación de todos en las decisiones de la casa. Los padres deben quedarse muchas veces en los bastidores como soporte de los hijos. No podemos olvidarnos de que los padres son más mayores, pasaron por las más diversas experiencias y situaciones, esto les da mejores condiciones para evaluar y resolver problemas y conflictos. No debemos olvidar que los padres y los hijos no son iguales.

Hacemos y vivimos situaciones semejantes, pero tenemos papeles y funciones diferentes en el mundo; precisamos buscar cada día la mejor estructura para desempeñar el papel de padres, y debemos decir a nuestros hijos lo que esperamos de ellos de forma clara. No podemos actuar de forma exagerada, agresiva, inflexible; debemos ser amorosos, pacientes, conscientes de nuestras actitudes, escoger la forma de actuar, aprender a oír, no subestimar a las otras personas, estar accesibles, cumplir las promesas hechas, comunicarnos de forma directa y honesta, expresar sentimientos y necesidades.

Las actitudes no deben concentrarse en los aspectos negativos.

Los padres no son los amigos de los hijos, son los padres. Debemos ser padres y desempeñar nuestro papel de la forma más honesta y completa que nos es posible y se nos permite.

La honestidad, cuando sirve de base para las relaciones, permite que haya transparencia. Como padres, no tenemos una respuesta para todo, pero vamos a buscarla teniendo como base valores espirituales y la posibilidad de nutrir nuestras relaciones con los hijos, propiciándoles a ellos condiciones de crecimiento para que ocupen su lugar en el mundo de la mejor manera posible.

La aceptación de nuestras fallas y limitaciones nos lleva a la tolerancia con la de nuestros hijos. Eso no significa la aceptación de sus actitudes sin criterio. Significa propiciar alimento afectivo y espiritual certero para que ellos puedan desarrollar valores adecuados, que sirvan de base para dirigir sus elecciones; aceptar sus fallas y dificultades y no dejar de amarlos por eso. Es justamente por amar que nos empeñamos en luchar por los cambios de conducta, en busca de  la salud y el equilibrio. Es el amor que nos hace  rechazar actitudes y elecciones insensatas.

Cuando tenemos la prudencia y la simplicidad como base para nuestras relaciones con los hijos, podemos dirigir nuestro entusiasmo a la percepción de pequeñas actitudes gratificantes y deleitarnos con ellas. La vida es hecha más, con muchos pequeños momentos de alegría, que de lo que los grandes y pirotécnicos efectos. Simplificar la vida hace que ella se torne más fácil de vivirla.

Tenemos que pensar que al decidir ser padres estamos asumiendo compromisos y responsabilidades. Padres e hijos no son iguales. Los padres son los proveedores de todo tipo de recurso necesario para la manutención y el funcionamiento de la vida familiar. Tienen la responsabilidad de mantener un ambiente familiar en que sea posible el desarrollo de seres que vengan a contribuir en el bienestar de la familia y de la sociedad. Esa responsabilidad y ese compromiso dan a los padres derechos diferentes, de los derechos de sus hijos.

El equilibrio entre los derechos y las responsabilidades es dinámico. Se va modificando en el devenir del ciclo evolutivo de la familia.

Cuantos más chicos son los hijos, mayores son las responsabilidades y los derechos de los padres.

Cuando los papeles de los padres e hijos se entienden como complementarios uno de otro, no como opuestos, las diferencias que existen complementarán, aumentarán, para que cada uno pueda tener un lugar bien definido. Así, el entusiasmo se dirige para la propia vida y para su crecimiento. Entonces el hecho de que los padres y los hijos no son iguales, debe entenderse como suma de partes y no como una confrontación.

 

Traducido del libro: AMOR-EXIGENTE  ESPIRITUALIDADE  Uma nova vida

Marina y Hélio Caetano.