Amor Exigente Uruguay

Espiritualidad Marzo 2019

“Los recursos financieros, emocionales, sociales, en fin, los recursos de todo orden son limitados”

 

Pensamos normalmente que somos una fuente inagotable de energía, de recursos, tenemos la sensación de que podemos resolver todos los problemas de nuestros hijos, de la familia, del trabajo, de los vecinos, del barrio, del país y de todos los que nos traen alguna dificultad. Los hinchas de un cuadro gritan, dicen palabrotas al técnico, reclaman que sólo él no ve la necesidad de éstas o aquellas modificaciones en el escalafón.

El pueblo critica a los gobernantes por medidas y decisiones tomadas y no tomadas, todos cambian el curso de la política, así resolverían el curso del país.

No percibimos que disponemos de recursos limitados.

Las decisiones interfieren en otras tantas dificultades la mayor parte de ellas fuera de nuestro alcance o capacidad de decisión. El técnico es controlado por el director del Presidente del cuadro, por el patrocinador, por los jugadores, por los hinchas y de cierta forma, hasta por el cuadro adversario.

Nosotros nos enriquecemos que somos humanos, vivimos facilidades y dificultades semejantes y precisamos admitir los límites impuestos por los recursos disponibles.

La mayoría de las veces, exigimos de nosotros mismos mucho más de lo que podemos y cuando logramos lo que queríamos, inventamos alejamientos, complicaciones, tareas para agarrar los espacios disponibles, llevamos la vida como si todo el tiempo debiese ser siempre ocupado, tal vez para no entrar en contacto con nuestro interior, con aquello que, de verdad tenemos que ver.

Los padres dejan sus necesidades, no se cuidan como deberían, para pensar exclusivamente en el bienestar presente y futuro de sus hijos. Se sacrifican, llegan muy próximos a los límites soportables, creen que así pueden ser buenos padres. Asumen responsabilidades, contornean dificultades, enfrentan los problemas que los hijos deberían resolver. Actuando así imposibilitan que los jóvenes tengan la oportunidad de conducir sus vidas y volverse responsables por lo que hacen. A lo largo del tiempo, esa actitud indica a los jóvenes que no pueden, que no tienen capacidad de resolver sus dificultades. Los padres y los hijos se dan cuenta de ese juego. Los jóvenes sólo toman conciencia cuando se dan cuenta de que los padres no están cerca, de que el momento debe ser vivido y que no cuentan con la ayuda acostumbrada: deberán resolver sus dificultades por sí solos.

Precisamos darnos cuenta y aceptar los límites, pues no tenemos todas las respuestas, no logramos explicar o justificar lo que está fuera de nuestro alcance. Hay momentos en que aun teniendo que tomar actitudes, no nos sentimos preparados, no sabemos qué rumbo tomar, para dónde ir; no adelanta querer proseguir, no sabiendo para dónde. En esos momentos, lo mejor que podemos hacer es reconocer que no tenemos recursos. Paramos, pensamos y nada hacemos, no estamos dejando de realizar lo que se precisa hacer, no nos negamos a actuar, siendo omisos; al contrario tomamos la decisión de no hacer nada, hasta que podamos encontrar un camino, un recurso. Esa no es una situación de omisión es una opción más que tomamos, la de esperar el momento más adecuado.

Los recursos son limitados para todos.

Cuando tomamos decisiones que envuelven o comprometen a otras personas debemos recordarnos que ellas son diferentes, así como sus capacidades; no debemos imponer nuestro referente a otros.

Exigimos de nosotros, de familiares, amigos, gobernantes, muy por encima de lo que es posible; además del problema de los otros, sabemos con facilidad criticar sus actitudes, no creemos que estén haciendo lo mejor posible dentro de sus limitadas posibilidades o usando sus recursos de la mejor forma posible, dando lo mejor de sí.

No logramos colocarnos en las situaciones observándolas como un proceso, algo que se modifica en el correr del tiempo; si no podemos hoy, si decidimos no hacer nada, ese es el momento que se puede aprovechar para retomar las fuerzas y continuar la caminata con mayor vigor.

Nuestras limitaciones  deben ser respetadas, dar  un paso más pequeño y seguro: esto trae un resultado concreto. Decidir por algo por encima de nuestras posibilidades es arriesgarnos a perder cada vez más el entusiasmo para superar las dificultades; establecer tareas por encima de nuestras posibilidades es una de las más eficientes formas de sabotear, quitándonos el placer de la conquista.

Es común que los padres hagan planes para sus hijos, desde antes de su nacimiento, serán lindos, saludables, fuertes, inteligentes, óptimos alumnos; aprendiendo natación, judo, karate, inglés, alemán, música, fútbol…. los padres sólo miran el resultado para afuera sin pensar en los recursos de tiempo, afecto, emoción y también vocación para las realizaciones. Ellos no logran pensar en el lado no concreto, si es necesaria la realización de tantas metas; no consiguen ver que sus proyectos de padres ni a veces corresponden con los proyectos de los hijos. Los padres hacen del tiempo de sus pequeños hijos una verdadera agenda de ejecutivo, se olvidan de que la infancia también es limitada y para muy rápido; hay un momento exacto para todo, y los juegos también son importantes.

Los padres creen, por otro lado, que precisan aceptar, facilitar, suministrar a los hijos de todo lo que juzgan importante. La familia pasa a elegir alimentos, ropas, lugares para pasear, todo de acuerdo con la exigencia de los hijos, ellos pasan a ser el principal motivo para las iniciativas familiares, aún, muchas veces, a costa del sacrificio de otras prioridades. Desean que sus hijos vivan una vida mejor que la de ellos. Todo el entusiasmo, el foco de la espiritualidad de la familia se dirige a satisfacer las necesidades de los hijos, lo que los padres piensan que son las necesidades de ellos.

Para hacer cualquier iniciativa, necesita algún tipo de recurso; sólo conseguimos realizar un proyecto, un deseo, un sueño, si conseguimos los recursos adecuados; debemos para esto lograrlo o modificar nuestros planes, aunque sea temporalmente.

Precisamos aprender a respetarnos, a conocernos, valorar nuestra calidad de vida, tomando para esto las medidas necesarias, modificar lo que nos desagrada, nos desborda. Nuestra manera de ser, el modo de pensar, las creencias, los valores, los principios, el modo de amar, de degustar, de vivir lo cotidiano de los sentimientos, de los afectos, las defensas, de los miedos, en fin, todo lo de nuestro “yo” debe ser siempre respetado. Si no nos respetamos ¿cómo podemos querer que otros lo hagan?

El tiempo es el enemigo número uno de los padres afligidos en atender a todo y a todos, es necesario economizar tiempo y esfuerzo, porque son limitados. Nosotros nos metemos en tareas tan diversas que son necesarias medidas de organización para darnos cuenta de que de lo que deseamos y asumimos. Lo óptimo es el peor enemigo de lo bueno.

Precisamos tener una visión amplia de la situación, fijar prioridades, delegar, hacer revisiones periódicas de todo el proceso, obrar colectivamente. Actuando de esa forma, aumentamos nuestros recursos, los de otras  personas, expandimos nuestras posibilidades, trabajamos nuestras limitaciones de manera productiva, juntamos el tiempo, las ideas, la elaboración de todos en un único proceso, esto amplía la gama de soluciones posibles para lidiar con las dificultades y ampliar el contacto con el otro, modifica el foco de nuestro entusiasmo, nuestra espiritualidad. Debemos, aun así, recordarnos que hay un límite para todo, nadie puede hacer dos cosas al mismo tiempo; lo que no se planea hoy no se hará mañana. El planeamiento de las actividades constituye uno de los dos puntos fuertes del comportamiento eficaz. Aprendiendo a administrar nuestros recursos limitados, nosotros nos tornaremos más flexibles.

No existen fórmulas mágicas para explicar el éxito o “buen andamiento” de una familia funcional y equilibrada, todo depende de las personas, de los integrantes y principalmente de cómo ellos se relacionan. Los padres deberían saber que la misión  más importante como padres es desarrollar una relación saludable con sus hijos; esto resultará de un ambiente familiar amigable y armónico. La preocupación con cada hijo debe ser auténtica, a veces hasta corajuda, osada y arriesgada; la unidad de la familia debe sobrevivir de forma sana, eso debe ser una determinación constante, tenaz, de cada uno de sus miembros. La familia es preciosa; por ese motivo las relaciones entre los familiares deben ser respetadas, conservadas y las dificultades encaradas, como una manera eficiente de trabajar su ajuste y su crecimiento. La dificultad debe ser encarada no como un peso, sino como una oportunidad para el cambio.

Las relaciones de la familia disfuncional son turbulentas, confusas y vacías, situaciones que se asemejan a convivir con una enfermedad crónica, para la cual tenemos que encontrar una cura, es responsabilidad de todos buscar las causas de los conflictos y discutirlas con coraje y racionalidad. Las dificultades se deben identificar y encararlas de inmediato, huir de la situación que causa el conflicto, pues esto complicará y dificultará la solución.

Aunque sea más fácil imputar a otro la culpa de lo que está pasando, precisamos admitir las propias fallas y los propios límites, reconocer nuestras responsabilidades, dividirlas y pedir ayuda para fortalecernos; tendremos de esa manera, más coraje para iniciar el proceso de ajuste. Debemos conocernos mejor, conversar, cambiar ideas, más profundamente. Durante el proceso, puede haber peleas, discusiones, que se deben encarar como la manera por la cual estamos logrando establecer contacto. Debemos aproximarnos y entendernos como personas, con un objetivo común, esto es, el de mejorar las relaciones familiares.

Cuando estamos viviendo un momento difícil, tenemos la tendencia de creer que se prolongará indefinidamente sin que tengamos fuerzas para soportarlo. En condiciones de presión, como son momentos de cambios y crisis familiar, nos gustaría, realizar todo a nuestra manera, pero precisamos acordarnos  que no vivimos solos, debe haber en la familia espacio para todos; así cada cual precisa hacer concesiones. En ciertas situaciones, tenemos que sacrificar nuestros deseos por el bienestar común, por la unidad familiar.

Tenemos que aprender a oír,  para después actuar; aprender a no reaccionar de inmediato a nuestros sentimientos, percibirlos, sentirlos y pensar sobre ellos, encontrando un modo adecuado de demostrarlos. Es bueno acordarse de que el líder es aquél que consigue tener una visión general de todo lo que busca lo mejor de cada persona, comprometiéndolo-la, depositando confianza en el éxito de la tarea. El rendimiento será mejor, el compromiso de todos será mayor, disminuyendo la carga de responsabilidad de cada uno, pues será compartida.

De esa forma, delante de algo que no funciona, en vez de hacer un intercambio de acusaciones, cada cual culpando al otro, todos asumirán las responsabilidades y buscarán en conjunto las correcciones necesarias. Cada cual buscará su responsabilidad sobre todo.

En un ambiente familiar de unión, cuando alguien no logra ver las oportunidades, ellas se le muestran en una actitud de ayuda y apoyo.

Es difícil abandonar viejos métodos, hábitos, costumbres, todos reaccionan naturalmente a los cambios, principalmente si son bruscos o muy grandes. Es un miedo a lo desconocido.

Las relaciones suponen posibilidades de entendimiento y disentimiento. Los problemas surgen cuando las personas involucradas se fijan apenas en el nivel superficial de la relación, no se atiende al hecho que existen diferencias de percepción, de posibilidades y de habilidades.

Cuando las dificultades son encaradas con determinación, amor y no apenas para anular lo que está incomodando, ellas serán mejor y más rápidamente resueltas. Si nos mantenemos en lo etéreo, en lo superficial, los recursos que son limitados, se tornan más reducidos. No podemos ser racionales todo el tiempo; precisamos de emoción, sentimiento, amor, cariño para tomar decisiones.

Tenemos dificultades para aceptar que cada persona sea única en su modo de sentir, pensar, actuar; nuestra tendencia es ver a los otros como una extensión de nosotros mismos. Eso es focalizar nuestro entusiasmo en nosotros mismos y creer que el mundo no va mucho más allá de nuestro ombligo.

Cuando, delante de las dificultades, no evaluamos adecuadamente la situación podemos encontrarnos con sorpresas que no serán siempre agradables. Debemos ser capaces de proveer de recursos nuestras necesidades de evaluar las consecuencias de nuestras actitudes. Si no fuera así, precisaremos de una bola de cristal, un sexto sentido, para estimar los resultados. Y cuando ellos no fueran los esperados todo perderá la importancia, los recursos serán insuficientes, y el desánimo se abatirá sobre todo y quedaremos desacreditados.

Al aceptar que los recursos son limitados, seremos más tolerantes y percibiremos que, compartiendo, podemos tener resultados más palpables y reales.

Cuando abrimos nuestro corazón, actuando con sinceridad, franqueza, autenticidad, podemos obtener resultados sorprendentes. Es una gran pretensión creer que la única forma de resolver un problema es la que proponemos; es como si dejásemos de creer en las otras personas y en diferentes posibilidades y pasásemos a creer que siempre hay un único y cierto camino: “el nuestro”. Y creer que los recursos son tan limitados, que no vale la pena oír a los otros.

El reconocimiento del límite de nuestros recursos nos lleva directamente a trabajar la omnipotencia; nuestro entusiasmo antes dirigido a un punto irreal, se pierde en el camino. Percibir y aceptar que somos frágiles, pasibles de errores y no una fuente inagotable de recursos nos trae más cerca de la realidad. Aceptar nuestras fallas, nuestras limitaciones nos torna más tolerantes cuando nos comparamos con las dificultades de nuestros familiares, nos ayuda a comprenderlos mejor y a percibir que ellos tienen dificultades para resolver sus problemas porque también son limitados. Comenzamos a actuar con más prudencia, buscamos recursos donde se pueden encontrar. Nosotros nos rendimos frente a las situaciones, cuando todavía no estamos prontos para encararlas con paciencia.

Nuestra espiritualidad, antes sin un punto de dirección, puede ser ahora dirigida hacia la búsqueda de lo que necesitamos.

Traducido por el Grupo Revivir, de Montevideo-Uruguay, del libro AMOR–EXIGENTE “ESPIRITUALIDADE uma nova vida” de Marina Canal Caetano Drummond y Helio Caetano Drummond Filho. (Ediciones Loyola).

Marzo 2019